Por: Matías Ballesteros
La historia de General Rodríguez no comenzó como un cúmulo de casas improvisadas alrededor del ferrocarril. Empezó como una idea geométrica, pensada, casi simétrica. El plano del trazado proyectado por el arquitecto del Ferrocarril del Oeste muestra un pueblo que todavía no existía, pero que ya tenía orden, equilibrio y un centro duplicado.
Dos plazas idénticas se enfrentan sin tocarse: Plaza Norte y Plaza Sur, espejos urbanos separados por las vías. No hay una plaza principal que lo domine todo, sino dos corazones que laten al mismo tiempo, como si el pueblo hubiera nacido partido en dos, pero condenado a mirarse de frente desde el primer día. Una al norte del ferrocarril, la otra al sur, replicando formas, manzanas y proporciones, como si alguien hubiera plegado el mapa por la mitad.
El ferrocarril no es un borde: es una cicatriz fundacional. Divide, pero también organiza. Las calles se alinean con una precisión casi obsesiva, las manzanas se repiten, los espacios verdes se duplican. Nada parece casual. Incluso antes de que existieran vecinos, comercios o instituciones, el pueblo ya tenía claro dónde iban a encontrarse sus habitantes.
EL ORIGEN
Cuando General Rodríguez comienza a tomar forma, el 12 de mayo de 1864, todavía como parte del partido de Luján, no lo hace de manera improvisada. El nacimiento del pueblo queda marcado por una decisión urbana clave: la creación simultánea de dos plazas, una al norte y otra al sur de las vías del ferrocarril. La Plaza Norte y la Plaza Sur nacen juntas, como piezas centrales del trazado original diseñado por el arquitecto Otto Arnim.
En aquel primer proyecto, cada plaza ocupaba cuatro manzanas completas, una dimensión que habla de ambición y de proyección. No eran simples espacios verdes: eran el corazón previsto para un pueblo que todavía estaba por llegar. Dos centros, dos puntos de encuentro, dos referencias claras en un territorio que, por entonces, contaba con una sola edificación en pie: la mítica y fundacional estación del ferrocarril, que comenzaría a funcionar oficialmente el 1 de diciembre de 1864.
EL PRIMER TEMPLO
Con el paso de los años, y aun formando parte del cuartel cuarto de Luján, aquella simetría inicial comenzaría a transformarse. A comienzos de 1871, la plaza ubicada al norte de las vías incorporó un elemento decisivo: comenzó la construcción del templo.
Desde ese momento, el espacio empezó a ser conocido como la Plaza de la Iglesia, ya que el edificio religioso comenzó a levantarse dentro del perímetro de la plaza y no frente a ella, como era habitual en la planificación urbana de la época.
La construcción del nuevo templo del pueblo marcó un giro fundamental en su identidad. La plaza dejó de ser solamente parte del plano fundacional para pasar a organizar la vida religiosa y social de la comunidad. El entorno comenzó a cargarse de significado, y ese espacio público empezó a consolidarse como un centro cada vez más fuerte dentro del desarrollo urbano de General Rodríguez.
PROCESO DE MODIFICACIONES
Tras la creación del partido de General Rodríguez tras la ley proyectada por el diputado Hipólito Yrigoyen y promulgada por el gobernador Carlos Tejedor en el año 1878, General Rodríguez comienza un nuevo capítulo de su historia con unas 32.000 hectáreas. La autonomía completa de Luján se dio el 1 de enero de 1881.
En estos primeros años, se forman comisiones de vecinos, designación de autoridades, Registro Civil, viviendas y nuevos comercios. Todo se ubicaría por el momento, a los alrededores de la estación del ferrocarril y la Plaza norte, dándole mucha más relevancia que la Plaza Sur.
En 1883, General Rodríguez designa a Juan Garrahan como su primer presidente de la comisión Municipal. Recién en 1891, llega el primer intendente municipal siendo este Abraham Zalazar.
Las transformaciones del pueblo no se detienen ahí. En el mes de febrero de 1896, ambas plazas sufren una modificación estructural: El intendente Abraham Zalazar en su segundo mandato, reduce su tamaño original. Aquellas plazas de cuatro manzanas se achican, adaptándose al crecimiento urbano, al loteo y a las nuevas necesidades de un pueblo que ya no es solo un proyecto, sino una realidad en expansión. El plano ideal de 1864 empieza a dialogar y a tensarse con la vida cotidiana.

En 1896 se crean las calles que fraccionarían las plazas: La norte con la estructura del templo, que el 3 de enero de 1900 pasaría a ser Parroquia, y del otro lado la Sur, sin ninguna estructura visible, solo árboles creciendo año tras año.
La Plaza Sur quedó reducida en ese entonces, entre las calles Rivadavia, Doctor García, Independencia y Doctor Cherubini; creando así, una especie de plazoleta que abarcaba dos cuadras. El fraccionamiento continuaría años más tarde.
Por otra parte, la Plaza Norte, ya conocida en ese entonces por la “Plaza de la Iglesia” fue reducida quedando entre los límites de las calles Humberto I (antes Kennedy, hoy 2 de abril), Garrahan, Sarmiento y Juan XXIII.
EL QUIEBRE DEFINITIVO
Para comienzos del siglo XX, las plazas ya no eran aquellas piezas idénticas del plano fundacional. Las decisiones políticas, las construcciones religiosas y el crecimiento del pueblo, habían ido alterando lentamente el equilibrio original. Pero todavía faltaba el hecho que terminaría de definir el destino de una de ellas.
En el año 1912, con la instalación del monumento al General Martín Rodríguez, deja de ser solo una plaza proyectada para convertirse en la plaza principal. Alrededor suyo se ordena el casco céntrico: la municipalidad en la esquina construida en 1910, la iglesia que empezaría a tomar su forma actual hacia 1916, los edificios públicos y el movimiento cotidiano. Es la plaza donde pasa todo: los mates, los encuentros, la lectura de diarios y las largas charlas entre vecinos. Las tardes que se estiran no solo concentra tránsito, concentran vida.

La Plaza Sur, en cambio, siguió otro camino. Su nombre se fue deformando con el tiempo y también es conocida como “Plaza Azul”, probablemente como eco de una denominación anterior que derivó en la oralidad o por la presencia de especies que florecían en ese color.
La historia marca que, en 1929, antes del fraccionamiento con la calle Pueyrredón, la plaza estuvo cerca de convertirse en un espacio que hoy resultaría inimaginable. Durante la intendencia de Jouse Colombo, el proyecto deportivo llamó la atención para la época. El ingeniero Alberto Robles diseñó una planificación ambiciosa: una cancha de básquet y un gimnasio sobre el sector de la calle Independencia; una cancha central de fútbol y rugby con tribunas; y, sobre la calle Rivadavia, dos canchas de tenis separadas por un parque-jardín. Todo el complejo estaría cercado con ligustrinas y plátanos.
Sin embargo, las obras se detuvieron en 1930 y nunca se retomaron. A partir de allí se concretó la apertura y unificación de la calle Pueyrredón, lo que terminó de fragmentar el espacio original. En el sector comprendido entre esta nueva traza e Independencia se instalaron el Hospital María de Irigoyen y las dependencias de Aguas Corrientes. Con el paso de los años, la manzana se completó con la construcción de la Escuela José Hernández.

Recién en 1961 se oficializó su nombre como Plaza San Martín, a partir del monumento allí emplazado. Pero más allá de su denominación formal, su identidad siempre fue distinta a la de su plaza hermana: más verde, más abierta, más cercana a lo cotidiano. Menos institucional y más barrial. Un espacio donde el ritmo baja y el pueblo respira de otra manera.
Lo interesante es que ninguna eclipsa a la otra. La Norte se vuelve centro; la Sur, refugio. Una organiza, la otra acompaña. Como si aquel plano de 1864 hubiera anticipado que General Rodríguez no tendría un solo corazón, sino dos pulsos complementarios, separados por las vías y unidos por la historia.
Desde entonces, ambas plazas continúan existiendo, aunque ya no como espejos exactos. Comparten un origen común, una fecha fundacional y una intención urbana clara, pero recorren caminos distintos, marcados por los edificios que las rodean, los usos sociales y las decisiones políticas de cada época.












